La parte chunga: King Crimson en Madrid

La parte chunga

La gente suele ser reacia a contar los problemas sucedidos durante sus paroxísticos viajes. Sin embargo, con gratuidad y mal gusto, se abunda con profusión en detalles nimios narrando los parabienes del destino escogido. Y todo acompañado de fotos que muestran sin rubor sonrisas forzadas y una indecorosa exaltación pinrélica en chancleta pero que también dejan ver parejas rotas, congestiones de buffet barato y nervios a prueba de rent-a-car. Los viajes perfectos no existen. Siempre hay otra parte de la que nadie quiere hablar: la parte chunga.

Yo tenía diecinueve años y prácticamente nunca había salido de casa. Por eso cuando me surgió la oportunidad de ir a Madrid me animé enseguida. Nunca había estado allí y para alguien como yo, de una ciudad pequeña y de una región pequeña de la así llamada periferia peninsular, ir a Madrid era toda una aventura. Le dije a Juan que sí, que claro que nos íbamos juntos a Madrid. 

Conocí a Juan en clase. Yo estudiaba Sistemas informáticos y él apareció por allí un día. Por no sé qué historia no se pudo matricular hasta casi acabar el primer trimestre. Era un tipo peculiar. Tenía unos diez años más que yo aunque los restaba con su carácter cercano y jovial. Ojos grandes y saltones, cabeza pequeña y calva y delgado como una culebra, no era precisamente una belleza pero el tío tenía cierta clase. Esa clase era refrendada por una confianza y seguridad en sí mismo total, probablemente porque había trabajado durante un montón de años de camarero en un pequeño restaurante de pescado en un puerto pesquero cerca de donde él vivía. Juan siempre fue un tío llano pero directo, con don de gentes. Conmigo siempre tuvo espíritu protector. Quizás por la diferencia de edad o simplemente porque él era así, y probablemente también porque mi naturaleza aberzada lo requería.  

A Juan, además del pescado, le gustaba mucho la música, razón suficiente por la que hicimos migas rápidamente. La clase estaba como a unos diez kilómetros de donde yo vivía y para llegar las comunicaciones eran bastante malas así que me llevaba otro compañero porque yo de aquella todavía no me había sacado el carné de conducir. Ir con aquel tipo era horrible. Se pasaba los viajes hablando de coches y de sus problemas con su novia y todo aderezado con expresiones tipo “¡mira que ritmo!” mientras me subía hasta el infinito su radio casete Alpine con cargador para ocho CDs de chumba chumba. Todo eso a las siete y media de la mañana, menudo castigo. Por si fuera poco a veces me dejaba tirado y no me avisaba pero no por ello dejaba de cobrarme. Sí, me cobraba por llevarme a clase y no poco, teniendo en cuenta que me hacía caminar quince minutos para que él no se desviase de su trayecto. 

Al poco de conocer a Juan se ofreció a llevarme en coche. Me venía a buscar a la puerta de casa y encima de papo. Pero eso era lo de menos. Aquel cambio de piloto fue una satisfacción inmensa e inundó mi vida de luz y color. Luz, color y marihuana. Juan se plantaba delante de mi casa a las ocho menos cuarto (era rigurosamente puntual en sus quince minutos de impuntualidad) y proseguía trayecto en su Ford Fiesta granate. Por mi parte, yo subía al coche y me liaba un canuto de yerba de su propia cosecha, le daba cuatro caladas a toda ostia, el viaje era corto y no daba para más, Juan le daba otro par y el resto ahí quedaba en el cenicero para la vuelta. Mientras, él me amenizaba el viaje con algún disco que nada tenía que ver con el chumba chumba de mi anterior chófer. Nada más empezar me pasó una cinta grabada que contenía en una cara el primer disco de los Stooges y en la otra el Funhouse. Después me pasó otra que con el mismo sistema incluía el Back In The USA y el High Time de MC5. Diecinueve años y no conocía ninguno de los dos grupos, sentí que un enorme abanico de posibilidades se abría ante mí. Yo de aquella, escuchaba sobre todo música de los sesenta, folk, rock ácido californiano y los grupos británicos de rock progresivo, y en ese rollo me gustaba King Crimson más que ningún otro grupo. Los había conocido por el primer disco, como todo el mundo, y luego ya me fui introduciendo en el resto de los LPs que comprenden la primera etapa de su carrera, es decir las diversas encarnaciones de Fripp entre 1969 y 1974. Por eso, cuando poco antes de terminar las clases del primer año leí en algún sitio que venían King Crimson a Madrid, perdí el culo por decírselo a Juan. Él, que nunca fue una persona que se anduviese con rodeos, con próvida diligencia gestionó un día de vacaciones en el restaurante, se encargó de buscar las entradas y nos buscó sitio donde dormir. El 29 de junio del año 2000 salimos rumbo a Madrid. 

El viaje no tuvo contratiempos. Las tareas fueron divididas a partes iguales desde el primer kilómetro. Yo iba liando porros y Juan conducía. A mitad de camino paramos a tomar un refrigerio para bajar el secaño de tanta yerba y Juan en un arrebato de prudencia y cordura se pidió un agua. “Conduciendo no bebo”, me dijo. Por lo demás el viaje prosiguió hasta llegar a Madrid sin mayor problema que el calor infernal que sufrimos en el forito sin aire acondicionado.  

Asina calentaba el sol en Madrid
Asina calentaba el sol en Madrid

Nada más llegar a Madrid buscamos un parking y nos fuimos a tomar unas cañas. Juan, tenía un colega que vivía en Madrid, Roberto. Tras estudiar telecomunicaciones se había ido a trabajar con Telefónica dos años a Chile donde conoció a Marta, con la cual retornó a España estableciéndose en Madrid en un pequeñísimo apartamento. Yo no los conocía de nada y me daba cierto reparo quedarme a dormir en casa de unos colegas de Juan pero como él era un tío tan espléndido y generoso supuse y con acierto, que sus amigos serían por el estilo. Como Roberto estaría todavía trabajando a la hora de nuestra llegada, la idea era pasar por casa, esperar a que llegase él y tomarse algo antes de llegar a la Rivera. A mí, que Juan me llevaba como a una maleta, todo me parecía bien y no puse oposición alguna a las cañas (tubos en Madrid) que Juan iba pidiendo en las múltiples tascas donde íbamos entrando. Con tanto calor y tanta yerba, el cuerpo pedía refrigerio y las cañas iban entrando a velocidad de vértigo por lo que empecé a sentir que me encontraba como si fuesen las tres de la mañana cuando no debían ser ni las cinco de la tarde. Finalmente, con la excusa de que íbamos a llegar muy tarde a casa de sus amigos que nos iban a dar techo esa noche, le comenté a Juan que si no deberíamos ir tirando ya, que iba pedo perdido. Juan soltó una sonora risotada, me dio una palmada en la espalda y exclamó un “¡calma Curtis! No hay prisa” mientras reclamaba un par de cañas más al camarero. 

Serían cerca de las ocho cuando tras suplicarle clemencia a Juan nos encaminamos por fin a casa de Roberto y Marta. Yo estaba empapado en sudor como no había estado en mi vida y llevaba un cocido encima que impedía el correcto funcionamiento de mis reflejos a un nivel de primero de motricidad. Siempre envidié a esos grandes bebedores como Hemingway o Bogart que, sentados alrededor de una mesa, eran capaz de pimplarse una botella de whisky sin perder un ápice de aplomo e ingenio pero yo nunca pertenecí a ese selecto grupo. Hablando como si tuviese una bayeta empapada en la boca y con los ojos inyectados en sangre y sudor, los párpados caídos e hinchados y los mofletes sonrosados, el reflejo que me devolvía el espejo de la puerta del portal de Roberto y Marta era todo un cuadro. Un cuadro bastante chungo por si a alguien le puede quedar alguna duda. Juan, sin embargo, conservaba una apariencia fresca e incólume el muy jodido. Llamó al interfono y habló brevemente con Marta. Yo que luchaba para mantener mis constantes vitales en funcionamiento escuché a alguien con acento chileno gritar un “VAYA MORAO QUE TRAEN USTEDES, VAYA MORAO QUE TRAEN USTEDES”. Intenté recomponerme y con aire serio le dije a Juan, “vámonos de aquí, por favor. ¿Has escuchado? En Chile deben tener algún sentido perceptual organoléptico que les capacita para oler alcohol por las ondas del interfono. ¡Qué vergüenza!”. Juan me miró, sonrió y me contestó: “¿qué dices Curtis? Ha dicho que ‘se han demorado ustedes’. Es chilena. Tiene acento. Venga, camina”. Subí detrás como un corderito. 

Una vez arriba Juan nos presentó y Marta nos obsequió con unos sándwiches que agradecí profusa y educadamente sin perder en ningún momento el decoro y las buenas maneras mientras los ingería a dos carrillos con la boca abierta. A partir de ahí centré mis esfuerzos en actuar con la mayor dignidad intentando hablar poco para no advertir mi estado de embriaguez dejando caer de vez en cuando algún comentario ingenioso entre eructo y flatulencia. Lo siguiente que recuerdo es a Juan despertarme de una patadita. Abrí los ojos y ahí estaba Juan, fumándose un porro, para variar, con Marta y un chico de gafas con cara de cerebrito que debía ser Roberto. Desistí de intentar conservar la dignidad y tras las presentaciones nos dirigimos a tomar algo antes del concierto sin Marta que decidió quedarse en casa porque según nos dijo se encontraba muy cansada.  

No fue hasta entrar en la Riviera cuando recordé el propósito del viaje. Había ido a Madrid para ver a King Crimson y las circunstancias no eran precisamente óptimas. Me encontraba hecho un trapo apoyado contra una columna de una discoteca en territorio inhóspito e inexplorado con una persona que pese a su paciencia infinita no dejaba de ser un desconocido y un compañero de clase que si hubiese demostrado sus aptitudes con el consumo de alcohol y sustancias sicotrópicas en el aula, hubiese desbancado a Bill Gates en las listas de Forbes en un periquete. 

Discinplina era lo que me faltaba a mi
Disciplina era lo que me faltaba a mi

Comienza el concierto. No conozco la primera canción. Aprovecho y voy a mear. Vuelvo para la segunda canción que tampoco conozco. Me noto distraído e intento centrarme en el concierto. Me recuerdo que he olvidado devolver una película al videoclub. Tercera canción. Ni flowers. Juan me da dinero para que vaya a pedir unas birras. Se lo rechazo haciéndome el ofendido y voy a la barra aprovechando para intentar tomar el fresco de camino. Me cuesta llegar pero más me cuesta volver con la cerveza derramándose por encima. Me consuela pensar que toda la que se me ha caído encima y que empapa mi ropa no me la tendré que beber. Después de dar un par de rodeos veo la calva de Juan justo en la dirección opuesta a la que yo me encontraba. Empezaba a pensar que no lo iba a encontrar y que iba a pasar la noche al raso. Antes de llegar, acaba la tercera canción que tampoco conozco, y derramo un poco más de cerveza voluntariamente sobre mi ya pegajosa camiseta que empieza a acumular fluidos de toda índole. La cuarta canción tampoco la conozco. Creo que me equivocado de sala, de grupo y probablemente de estimación de vida. Quinta canción, ni idea. ¿O será la sexta? En realidad me suenan todas a un ruido parecido. Séptima: ¿Cuánto me meterán de recargo en el videoclub? Octava canción. Asumo que son King Crimson porque una parte del público parece tararear algunos temas. Novena canción. Aparece Juan por detrás -¿cuándo se fue?- y me dice “apura la birra Curtis” mientras me ofrece otra cerveza. Palpo la camiseta de Juan para ver si él se la ingiere oralmente o utiliza mi método de osmosis camisetil. Está seca. Cojo la cerveza tembloroso. Juan me escudriña y su mirada me recuerda a una que puso cuando llegando a Madrid sorteó con el Fiesta a un perro atropellado en la carretera. Décima canción. Bebo algo de cerveza haciéndome el entero (a mi camiseta ya no le cabe más) mientras rezo porque Roberto, en calidad de anfitrión, se salte su ronda. Undécima canción. ¡Ostia! ¡¡Esta la conozco!! Ah, no. Era un riff de guitarra que extrañamente me había recordado a Champú de huevo de Tino Casal. Fripp y los suyos se retiran del escenario y yo sigo cantando a grito pelado “Champú oh oh de huevo”. Juan me dice, “¿estás bien, Curtis?”. Le contesto un “Clases de mecanografía o clase de ballet, siempre pensando en la peluquería, total para qué” mientras asiento entusiasmado con la cabeza. Vuelve King Crimson al escenario a por los bises y tras los primeros acordes el público de las primera filas suelta un rugido de satisfacción. A mí no me suena de nada. En la canción trece aparece Roberto con las cervezas cumpliéndose el peor de mis vaticinios. En realidad, ya me da igual, he traspasado esa frontera y me encuentro en la gloria. De la que me la da me acerco a él y le pregunto si van a tocar más temas de Tino Casal. Me devuelve la mirada incómodo y se aleja discretamente de mí. Creo que lo he dejado empapado. Si le hiciesen un test de alcoholemia a mi ropa le quitarían el permiso de conducir. Deben de ir por la canción trece o catorce. No sé qué es pero no me gusta nada y empiezo a pedir a gritos “EM-BRU-JA-DA EM-BRU-JA-DA EM-BRU-JA-DA”. En el último bis, Adrian Belew  arranca con el Heroes de Bowie y toda la Riviera lo corea, solo falta el mechero en alto. Entusiasmado por conocer finalmente un tema me uno al fervor colectivo que canta al unísono el “like the dolphins, like dolphins can swim” pero como he estudiado inglés en la misma academia que Paco Martínez Soria prefiero cambiarlo a nuestro español patrio y berreo a pleno pulmón “IGUAL QUE BAILA EL MAR CON LOS DELFINEEEES” mientras cierro una mano alrededor de mi oreja izquierda para concentrarme y no desafinar. Acaba el concierto, me acerco a Juan y le digo que es el mejor concierto de mi vida. “Tira Curtis. Vamos a tomar algo que estoy seco”. 

El resto de la noche trascurrió por algunos de los más granados y míticos bares de Madrid de los albores de los 2000. Ahí conozco la mítica La Vía Láctea donde flipo con los posters pegados al techo. Luego pasamos por el Garaje sónico y otra vez que vuelvo a flipar al ver repetida la misma técnica de pegar los posters al techo. “Qué cosas, costumbres locales”, pensé. Juan me levanta del suelo y asumo un pequeño error de perspectiva. A partir de ahí no recuerdo más. 

Yo buscando el baño
Yo buscando el baño

Me despierto en mitad de la noche. Estamos en el apartamento de Roberto y Marta durmiendo en el suelo del salón. No habíamos traído nada para dormir, ni para cambiarnos, ni siquiera un cepillo de dientes. Juan está desnudo y ronca con la cabeza apoyada sobre su ropa con la cual ha hecho una pelota. Lo primero que noto es una peste a cerveza. Soy yo. Ah no, es mi ropa que tirada en el suelo y está dejando charco en el parquet. Hace un calor infernal. Tengo muchas ganas de vomitar. Intento volver a dormirme pero el calor, los ronquidos de Juan y las náuseas cada vez más fuertes me lo impiden. Me levanto a buscar el baño. La casa es minúscula, no puede haber problema. Me sonaba que estaba cerca de la puerta principal. En el apartamento solo veo a un lado del salón la puerta del dormitorio de Roberto y Marta y al otro la de la entrada y la de una minúscula cocina. Las náuseas son terribles, tengo que devolver, no voy a aguantar mucho más. El puto baño no aparece. Intento salir a la calle a echarlo en algún contenedor pero estamos en un tercero, estoy desnudo y sobre todo no soy capaz a abrir la puerta de entrada que parece a prueba de robos de la mafia albano kosovar. La situación es crítica, echo un ojo alrededor y vuelvo a la cocina. Algo caliente y ácido me sube esófago arriba. Finalmente me rindo y lo echo todo en el fregadero sobre los platos y cubiertos de la cena de Marta. Contemplo sorprendido un montón de tropiezos de algo que parece carne. Lo observo y creo reconocer restos de bœuf bourguignon. Me fijo mejor y descubro que es un triste kebap anegado en cerveza y bilis. No recuerdo haber cenado. Abro el grifo y dejo pasar los tropiezos por el sumidero. Los más gordos no lo libran. Mi madre siempre me dice que mastique, empiezo a considerar que tengo que hacerle caso. Me encuentro tan mal que después de un rato quitando lo más gordo desisto de dejarlo como lo encontré y vuelvo sigilosamente a la cama, o sea, al suelo.

A la mañana siguiente, es decir, al rato, nos despertamos. Juan está como una rosa. Cuando vuelve de mear repito su trayectoria y encuentro el baño al lado de la cocina. La puerta de ésta tapaba la del baño, o al menos, así me justifico yo. Me miro en el espejo y me recuerdo a un personaje de las pinturas negras de Goya venido a menos. Mejor hubiese ido al Prado en lugar de ir a ver a un grupo de impresonators de Tino Casal. En la cocina no me atrevo a entrar. Roberto y Marta duermen todavía. Nosotros nos vamos sin despedirnos porque Juan tiene que trabajar ese día en el restaurante del puerto pesquero. Antes de coger el coche nos apretamos un pincho y un café en un bar del barrio y le digo a Juan que creo que he vomitado en el lavabo. Juan me mira con cara de resignación y me dice “es que vaya como ibas Curtis. ¿Quién te manda beber así?”. Bajo la mirada al plato y me concentro en intentar comerme la tortilla a mordisquitos. 

Durante la vuelta casi no abrí la boca. Juan conduce relajado y va contando cosas del concierto. Ahí me entero de que el repertorio escogido estuvo exclusivamente compuesto por temas de las formaciones post 1981, improvisaciones más la versión de Bowie Casal. Mientras escuchaba a Juan yo me iba preguntando si querría volver a ir conmigo de viaje, siempre respirando hondo para no dejar el salpicadero como el fregadero de Roberto y Marta. Afortunadamente, nos saltamos los porros a la vuelta. Yo lo agradecí. Cinco horas después llegamos, Juan me deja en la puerta y me espeta: “Nos vemos, Curtis. Recupérate. Y si tienes ganas de echar la raba o giñar mejor en el váter que si lo haces en la cocina te van a crujir tus viejos”. Intento gimotear algo pero antes de que me salgan las palabras el Fiesta desaparece como una exhalación. 

Juan me llamaba Curtis porque en su día le presté el Curtis Mayfield Live que es un disco que a mí me vuelve loco y tanto entusiasmo le mostré cuando se lo dejé que me quedó el nombre. Juan trabaja en una pequeña empresa de servicios informáticos que montó en Gijón cuando acabó los estudios y de vez en cuando le hago una visita. Está un poco más calvo y un poco más viejo, igual que yo. Todavía me llama Curtis cuando me ve. 

 

15 comentarios en «La parte chunga: King Crimson en Madrid»

  1. Fantástico todo. Por un momento creía que me había desdoblado y era Juan. Por lo del forfis granate y los canutos más que nada. Afortunadamente, recordé que yo no voy a un concierto de King Crimson ni de broma y se me pasó la angustia metafísica.

  2. Aplausos hasta que me duelen las manos, me he reído como un loco (y son las ocho de la mañana, con lo que mis ganas de risas están bajo cero) leyendo y me has hecho recordar momentazos de viajes parecidos al que relatas. Yo al contario que Mario en vez de Juan me sentía más Curtis pero eso es lo de menos.

  3. Excelente la forma. Fantástico el fondo.

    Y sí… que reacia es la gente a reconocer que en los viajes no todo es maravilla y goce. De hecho yo tengo la teoría de que la aventura le gusta a muy poquita gente, desde luego a mí no.

  4. Lo mal que me ha caído el garrulo del radio cassette Alpine, el de «mira qué ritmo!». La crónica, sin embargo, fetén. Divertidísima. Aunque vaya pereza el concierto, no? Y digo esto con todo lo que a mí me gustan King Crimson, eh… Pero es que lo del set list monográfico post-81 ya son ganas de fastidiar.

    1. Mira inside:

      https://www.setlist.fm/setlist/king-crimson/2000/la-riviera-madrid-spain-3bd70c94.html

      La verdad que de aquella Fripp pasaba olímpicamente de los discos clásicos. Es muy curioso que mientras esa formación no tocaba ni un tema de aquella época, un grupo con una formación muy similar a la original (
      Ian McDonald, Mel Collins, Peter Giles y Michael Giles) giraba con el nombre de 21st Century Schizoid Band recuperando los clásicos. Yo no sé Curtis pero yo casi que hubiese preferido ver en ese momento a los 21st Century.

  5. Me he descojonao un rato… Me trae recuerdos de viajes y biajes… de Madrid… Pero los King Crinson esos menudo puto tostón… Gracias por el rato y les rises.. Escribe a tus padres algo… Adios.

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