Ecce Homo

Ecce Homo

El otro día, accidentalmente, le pegué a la aguja del tocadiscos un viaje de cuidado. Y, como ya no andaba muy católica la pobre (entre las 1000 y las 2000 horas de vuelo, diría yo que tiene), la he dejado más pallá que pacá. Ahora suena regular.

Así que, mientras le busco solución al problema, ando pinchando los pocos cedés que hay por casa y, ains, escuchando música en streaming con un cacharro bluetooth que tengo conectado al amplificador.

El caso es que el sábado pasado me apeteció escuchar McGoohan’s Blues, de Roy Harper. Es un tema que pinché hasta la saciedad durante el año y pico que pasé en Lugano y, preparando una cosilla para esta página (stay tuned!), me entró el antojo. 

Es una canción larga, de unos 18 minutos. Tiene un desarrollo inicial extenso, con ocho estrofas y una letra cojonudísima (hasta el 12:40, más o menos), luego un puente de en torno a un minuto (hasta 13:42) y, finalmente, un chorus GLORIOSO, hasta el final de la canción. Se trata, para mí, de uno de los momentos más bellos de la música moderna. Y no lo digo en broma ni, mucho menos, lo digo por decir. El cambio, con la entrada de todos los instrumentos, me emociona cada vez que lo escucho. Cada vez y sin excepción. El «átomo en una burbuja de una ola, que aguanta la respiración durante un segundo dulce y, luego, estalla en una bagatela sin importancia» me llena de ataraxia y, por qué no, me conecta con los mejores momentos de mi vida a través de un cable invisible. O, dicho de otro modo, me parece una canción de la hostia. 

Dejo aquí una filmina para el que no la conozca y quiera echarle un ojo. Pero, por favor, sea usted paciente. Es un tema largo y los versos, con solo guitarra y voz, bien podrían ser un gusto adquirido. A mí, como ven, me parece una obra maestra, pero bien podría ser sólo cosa mía. Soy flojo por naturaleza. 

(McGoohan’s Blues, Roy Harper 1969 -versión original)

El caso, y dejo ya de divagar, es que me dio por escucharla el otro día y la busqué en Spotify. Y ahí estaba, en su lugar habitual. La penúltima canción de Folkjokeopus, el tercero de Roy Harper. Decía que era un remaster, pero tampoco le di la menor importancia. Imaginé que las diferencias serían, como casi siempre, imperceptibles.

Durante la primera parte de la canción estaba hablando con mi mujer y no noté nada raro pero, al llegar al puente, me saltaron todas las alarmas. Hice callar a mi señora con un gesto de «pero-qué-coño-es-eso-que-suena», y ella misma me preguntó que qué pasaba con esa segunda voz. El tempo parecía más lento de lo normal y, sobre todo, ¡la pista de voz estaba doblada! Y, caray, el apósito no podía haberles quedado peor. Pero entonces, catapún-chis-pón, en lugar de entrar todos los instrumentos a la vez (13:42 en la versión tradicional, 13:50 en la remezcla), van y se sacan de la chistera un redoble de batería para introducir el chorus. Y al carallo ya con todo, lo mismo me da la muerte que un pasodoble. 

Un garrafonazo a la Stairway to Heaven de manual, por poco y me da un vahído. ¿Por qué habrían hecho algo así?

(McGoohan’s Blues, Roy Harper 1969 -versión remasterizada 2019)

Se trataba de una emergencia de manual, esto requería acción inmediata. Puse un post en SHF echando sapos y culebras, a punto estuve de salir a la calle con una pancarta.

Los niños de Hoffman, cumplidores como son, me contestaron al cabo de un rato. Al parecer, Roy Harper había querido cambiar el final de McGoohan’s Blues durante 50 años, y finalmente se había decidido a hacerlo. La canción está grabada en una toma única y, con todo lo que dura, Harper fue acelerando el tempo a medida que se acercaba al chorus, con la adrenalina del «no vayamos a cagarla ahora». Pero la banda entró con el tempo acordado durante los ensayos y, por lo visto, el resultado nunca convenció al artista -al contrario que a mí. 

Así que, qué cosas, el artífice del desaguisado era el propio Roy Harper. Y, premonitorio como sus (mejores) canciones, de alguna manera se había olido la tostada de mi escaso entusiasmo con la remezcla. Esta cita, que cerraba la respuesta que dieron a mi pataleta en SHF, recoge el desdén de Roy Harper hacia los que, como yo, son menos proclives al cambio:
«You might not like what I’ve done. You probably won’t. I don’t care. I’ve done something I’ve wanted to do for half a century. YES!»

Y es que, por supuesto, el elemento fundamental en estos casos viene marcado por la costumbre. Llevamos escuchando una canción sin pista de voz doblada y sin redoble de batería durante más de 20 años, así que ahora no vamos a tolerar los nuevos arreglos así como así. Quién sabe, si la cosa hubiese sido al revés, quizás estaría ahora protestando por la falta de los mismos bodoques que ahora (tanto) me sobran. Nuestro cerebro tendrá que esforzarse, por sistema, con cualquier cosa que no sea la versión a la que estamos acostumbrados. Y ese esfuerzo se paga, normalmente, con el rechazo a la novedad. Esto es así. Y que nadie se piense que el mecanismo aplica solo a la materia que trata este artículo. Ni mucho menos.

Es por ello que mi opinión sobre la materia es firme y (casi siempre) constante. Let It Be (Naked), los desaguisados hiper-tecnológicos de Visconti con el catálogo de Bowie, las mezclas falsas en mono de los Ramones… ¿A santo de qué? ¿Qué necesidad habrá de tocar una obra que, en su momento, se concibió de esta forma y no de esta otra? ¿Por qué el artista está mejor dotado para rehacer su producto 30 o 40 o 50 años después del alumbramiento primero? (y eso cuando el artista está presente en la revisión, que a veces ni eso)

Todas son preguntas retóricas, no se molesten en contestar.

Four Sail, Love (1969). Edición 50 aniversario

Y sin embargo, como con todo en la vida, hay excepciones. Algunas justificadas, como las mezclas originales de Arthur Lee del Four Sail de Love, publicadas por Rhino en 2019 con la excusa del 50 aniversario del Verano del Amor. Porque, sí, son obra del insigne líder de la banda, y también porque las hizo en su momento (fue la mano negra de Elektra la que metió reverb a cholón e impuso su propia versión, por lo visto). Pero, sobre todo, porque estas mezclas traen (por fin) coherencia plena al espacio que transcurre entre el inmenso Forever Changes y el cuarto disco de una banda que, a pesar de la mutación severa, seguía siendo Love. 

Las mezclas de Arthur Lee no dejan lugar a dudas. Y suenan mucho mejor.

La Leyenda del Tiempo, Camarón (1979). Edición 35 aniversario

Otras excepciones, ay, no las puedo justificar tan fácilmente. Tengo entendido que Ricardo Pachón sí estuvo involucrado en la edición 35º aniversario de La Leyenda del Tiempo, pero que el autor de la remezcla fue en verdad Juan de Dios Martín. Lo mismo y es porque es un conocido de juventud, amigo íntimo de un amigo íntimo (y todo un personaje, Juan de Dios). Pero creo que el resultado funciona, a pesar de que la edición despoja al disco de ese sonido suyo característico, tan sucio y como apelmazado. Hay menos Leyenda del Tiempo, sí, pero más Camarón. Y ni que decir tiene que José Monje no estaba presente durante la revisión del 2013. En este caso, por ejemplo, sigo echando mano de la versión de siempre, la original. Pero al menos la mitad de las veces, si no más, tiro de la remezcla del coruñés.

Estamos hablando del que, probablemente, sea mi disco patrio favorito de la historia de la vida. Y -qué me pasa, doctor- no me ha saltado la vena talibán al escuchar una remezcla con cambios sustanciales. ¿Será que, como con los discos en general, hay remezclas buenas y remezclas malas? Podríamos, en ese caso, hablar de necesidad -pero, qué carajo, cualquiera podría decirme que el mismo patrón se puede aplicar a la mayoría de los discos que ven la luz semana tras semana. ¿Es menos necesario el nuevo disco de Paul McCartney que la enésima remezcla de los Beatles? Si me preguntan a mí, por ahí anda la cosa.

No sé, al final va a resultar que mi opinión no es tan firme… Igual sería mejor que me mandasen antes un borrador, para que pudiese darles el visto bueno antes de que publicasen ningún otro desaguisado. ¿Remezclas? Sí, pero solo las aprobadas por el señorito. ¡La de disgustos que nos íbamos a ahorrar!

8 comentarios en «Ecce Homo»

  1. caballero: la subjetividad de la música era ésto, jajaja! y qué me dice usted no ya de el cómo han de sonar las cosas, sino del «y me va a decir usted ahora que la letra que usted escribió no va sobre tal y cual y pascual?», del «me está diciendo usted que la canción que me enamoró de mi señora y viceversa trata en realidad sobre un acosador?». voy a pegarle un oído al blues de mcgoohan a ver si me ataraxio 😉
    p.d.: por cierto, he comprobado que su amigo es productor de ese disco de Amaral que tengo en mi casa que se mencionaba en el artículo anterior, jejeje!

  2. es reconfortante leer que hay alguien más por ahí al que una remezcla de un disco le hace pensar y sacar conclusiones.
    el disco de harper lo tengo por casa, pero lleva bastantes años en el cajón de los desauciados. en cuanto tenga un rato lo voy a sacar de ahí y darle una vuelta, claro.
    zappa también remezcló muchos de sus discos a finales de los años ochenta pero como decía un buen amigo, «ese zappa no es el mismo que sacó los discos en su momento, y a mi el zappa que me gusta es el de aquel tiempo, no el de ahora».

  3. tb digo una cosa: un remaster debería ser un remaster, a secas, si remezclas aclara que remezclas… y aún así todo lo anterior puedo llegar a entenderlo… pero si regrabas y no lo dices vete directamente del mundo. respecto al tema con el que empieza todo, creo que el no haberlo escuchado hasta ahora me permite decir que ambas versiones me parecen buenas, que me esperaba un redoble asesino pero en verdad parece bien mezclado y que queda bien… eso sí, la voz doblada no hay por donde pillarla… aunque personalmente a mí la canción me gusta desde que empieza la chicha, jajaja!

  4. Pues yo no conocía la canción y me ha gustado mucho. De las 2 maneras. Es subjetividad de la buena lo suyo, claro. Las diferencias son mínimas y ni la segunda voz ni el «redoble» (que no creo que ni sea digno de tal nombre), me parecen cosas para escandalizarse.
    A mí claro, que las he descubierto al mismo tiempo y no llevo escuchando una desde hace décadas y segregando endorfinas por la anticipación de tal o cual detalle cada vez que la escucho y creando tolerancia a dicho fenómeno de tal manera que cuando me privan de lo que estoy esperando escuchar me produzca un desequilibrio chungo en mi neuroquímica.
    Vamos, que me ha gustado más la segunda y todo.
    Aunque la primera tiene un aire como más «natural» de cosa no premeditada e inocente que sale como sale y que también está bien. Pero los detalles esos de los que usted abomina en la segunda están muy bien puestos y aportan. Para alguien que no sufra de un fenómeno de adicción chunga a la primera, claro.
    Luego está lo que dice juanconmiedo, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y eso no es una remasterización.
    En fin, en otra ocasión podemos hablar de mamadas con mano y sin mano…

  5. Me he partido el culo bien imaginándome a los señores Museums como adorables chalados, echándose las manos a la cabeza y dando largas zancadas por el salón murmullando sobre la procedencia de esas voces dobladas y esos mezquinos redobles.

    Bromas aparte, yo a veces me pregunto si muchas canciones, discos e incluso obras de diferentes músicos no estarán muy por encima de ellos mismos y si de ser así, si sus obras les superan, no estarán mejor calladitos y quietos sin tocar nada.

    Quiero decir, los músicos cambian y el Roy Harper de ahora no es el mismo que el de hace 50 años mientras que sus obras prevalecen. A mi, la verdad, que estos «retoques» me ponen muy nervioso y no los suelo compartir en absoluto. Otra cosa son outtakes, tomas alternativas y demás mandanga que convenientemente añadida en un disco extra o puesta al final, es bien recibida si el disco lo vale.

    Ah! Bueno, y que me parece genial y que me mola un huevo ver que hay gente que es capaz de escribir 1500 palabras sobre un redoble no esperado y que encima sea todo coherente y entretenido. Me hace sentirme un poco mejor conmigo mismo y hasta un poco más normal dentro de mi sucnormalidad. ¡Gracias!

  6. Me ha recordado una anécdota de adolescente, de cuando grababas cintas para regalar. Una amiga me contó hace poco que en una de esas cintas que recibió con todo el amor de mi parte (amor que no se transformó en carnal) una canción tenía un salto y que se mosqueó muchísimo cuando de repente la escuchó en un bar al cabo de muchos años ¡y la canción no tenía ese salto! ¡¡¿¿pero qué mierda de canción es esa que están pinchando??!!

    Yo digo no a las regrabaciones. Me gusta la canción (no la conocía) pero he escuchado la segunda versión ya condicionado y …la odio LA ODIO LAAAAA ODDDDDDIIIIIOOOOO

    1. Hala!…me acabas de recordar una que me pasó en una cinta grabada con el mítico directo de Ilegales en Mollerussa. La llevé a un finde en el pueblo de un amigo y, por lo visto, alguien fué a parar la música y…apretó la tecla de «Rec»…

      Desde entonces en medio de «Bestia, bestia» se para todo y se oye un rebaño de voces increíblemente borrachas cantando » CALDERETEE… CAL-DE-CAL-DE-RE-TE- OOEEEE…»

      Y, sí, también llegué a echarlo de menos, ya ves.

  7. Gracias, señores. Con toda mi humildad reconozco, por supuesto, la absoluta subjetividad del asunto que nos ocupa. Si la una gusta más que la otra es, claro, una cuestión de costumbre. Así lo comento en el propio «artículo». Pero, no fotem, qué necesidad tendría de meter esa voz doblada. Qué puta necesidad. No le enchufó un flanger de milagro…

    Al final, lo que no va a ser tan subjetivo, es lo de no tocar lo que ya está terminado. Y mucho menos tropecientos años después. Ahí sí que creo que las excepciones son escasísimas…

    Un placer, por cierto, haberles descubierto la canción a algunos de los que andan por aquí. A que es maravillosa?

    @Manitoba, el adorable chalado que andaba por casa echándose las manos a la cabeza era casi más yo que mi mujer. Qué sorpresa, eh!? Ella pilló el cambio al vuelo, pero luego la cosa le trajo sin cuidado. En cambio a mí…

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