Dylan, en su grandiosa Love Minus Zero/No Limit, escribió: “there’s no success like failure and failure’s no success at all”. Traducido, “no hay un éxito como el fracaso y el fracaso no es un éxito en absoluto”. Las dos partes de la frase pueden ser ciertas. No solo la obvia de la segunda parte, sino también la paradójica del principio. Hay veces que para salirte con la tuya, tienes que fracasar. Un razonamiento aparentemente ilógico que, si leen esta historia hasta el final, espero que puedan hacer suyo.
Brute Force es un nombre que uno esperaría de un grupo punk, pero no de un cantante melódico de los 60. Y sin embargo Stephen Friedland adoptó ese nombre artístico para su lanzamiento como cantante solista en 1967, mucho antes que el concepto de punk como género musical se le pasase a nadie por la cabeza. Claro que la etiqueta de cantante melódico tampoco es que sea muy precisa. La verdad es que Brute Force era, más que nada, uno de esos simpáticos chiflados que de vez en cuando aparecen y deciden que sí, que eso de ser músico puede que sea una cosa chula.
El joven Stephen empezó su carrera en el mundo de la música como compositor, escribiendo canciones para, entre otros, Del Shannon o las Chiffons. Pegadizas canciones de rock and roll melódico, soul-pop o doo-wop. El siguiente paso fue ingresar como teclista y ocasional guitarrista y compositor en los Tokens, que habían disfrutado de un éxito a principios de la década con The Lion Sleeps Tonight y que seguían en activo, intentando adaptarse a los nuevos tiempos. Alguien en Columbia Records debió pensar que a ese chaval –alguien en apariencia serio y trabajador y que había demostrado que sus canciones podían funcionar comercialmente– se le podía sacar un disco, a ver qué pasaba. Igual podría convertirse en un artista de éxito.
Qué inocentes. Lo que pasó es que ese chaval, ya convertido en Brute Force, salió del estudio con un disco disparatado y absurdo (I, Brute Force: Confections of Love), más apto para sonar en un musical dadaísta que para las listas pop, que era lo que supongo se esperaba de él. Brute Force sonaba por momentos como un Randy Newman lisérgico y pasado de vueltas, pero lamentablemente sin su extraordinario talento musical e interpretativo.
El tino como compositor pop no lo había perdido, canciones como No Olympian Height son realmente buenas y hubiesen podido ser un éxito en manos de un artista más convencional, pero entre los barrocos arreglos, sus justas capacidades vocales y sus histriónicas interpretaciones, el disco era algo sumamente desconcertante y no parecía que tuviese ningún futuro comercial.
Canciones como The Sad Sad World of Mothers and Fathers o To Sit on a Sandwich hacían que no quedase claro si era un cómico que cantaba o un músico haciendo comedia. La verdad es que ninguna de las dos opciones invitaba a la esperanza. Se puede ser un cómico que de vez en cuando introduce algún elemento musical, o un músico que usa elementos humorísticos en sus canciones, pero no las dos cosas a tope todo el rato. Vamos, no es que no se pueda… La misma existencia de ese disco demuestra que sí se puede, lo que pasa es que el show-business no sabe qué hacer con algo así.

Después del fracaso de su primer disco, Brute Force hizo lo que cualquier persona haría… cualquier persona chiflada, me refiero. Se fue a cruzar el estrecho de Bering a nado “para demostrar la cercanía de los hemisferios oriental y occidental”. Este delirante y masoquista happening (que no pudo completar) fue recogido en un número de la revista Life que, cosas de la vida, llevaba en su portada a los Beatles. A continuación se puso a planear su siguiente movimiento. Lo de haber sacado un disco que había desconcertado a todo el mundo que lo escuchó no había estado mal, pero sabía que podía hacerlo mejor. Ir más lejos, conmover los cimientos mismos del mundo del espectáculo. Con un single bastaría, ya que tenía la idea perfecta para una canción que podría conseguir todo eso. Después de meses insistiendo a sus antiguos compañeros de Tokens (que no lo veían nada claro), estos accedieron a ayudarle en la grabación de la canción. De esta canción.
La cosa, para alguien que no estuviese en el ajo, tenía pinta de ser otra canción absurda de las suyas, nada a lo que nadie fuese a prestar demasiada atención. King of Fuh, algo sobre un rey de un reino imaginario llamado Fuh… Pero, amigos, hay que oír la canción para entender lo que el retorcido sentido del humor de Brute Force había tramado. El neutro título de la canción, King of Fuh, se convierte una vez que se pone a cantar en un alarmante “the Fuh King”, que se pronuncia… Sí, exactamente así.
El horror.
La canción decía una de esas cosas que en las puritanas sociedades anglosajonas no pueden ser dichas en público (y de las que había detalladas listas en televisiones y radios). Para hacerse una idea del escándalo que podría haber supuesto esto, imagínense la conmoción que causaron los Sex Pistols cuando dijeron por primera vez esa palabra en una emisión en directo en la televisión británica, pero casi diez años antes y en una sociedad aún mucho más conservadora y pusilánime. ¡Joder, ha dicho F-U-C-K-I-N-G! Bueno, no. La verdad es que lo que decía era “Fuh King”. Pero, ¡joder! (Nunca mejor dicho), es que se pronuncia exactamente igual. Pues sí, y no lo decía una ni dos veces… lo decía (exactamente) catorce veces, que las he contado. Era empezar con el fucking y no parar, toda la canción un interminable fucking: fucking por aquí, fucking por allá… Perdón, Fuh King.
Como los chicos de los Tokens se temían, nadie quería saber nada de algo así. Sí, tenía gracia, pero ¿quién te va a querer editar algo así o qué radio iba a emitirla? Y en esas estaban, pensando que la canción después de todo iba a quedar inédita cuando apareció George Harrison. El simpático guitarrista de los Beatles, cuando salía de sus bobos trances meditativos, tenía también un sentido del humor bastante retorcido. A través de unos conocidos comunes, pudo escuchar la grabación y le gustó. Decidió que aquello podía encajar bien en la casa de locos que era Apple Records por aquel entonces. Se llevó las cintas e hizo que la London Philarmonic Orchestra añadiese un arreglo de cuerdas. Todo estaba listo para que se publicase el single. Pero Apple Records –casa de locos o no– era una discográfica cuyo cometido, como es natural, era vender discos. La negativa de EMI a distribuirlo y de las radios a emitirlo hacía inviable la publicación del single. Finalmente hicieron una tirada casi clandestina de unos 2000 ejemplares para repartir entre los amigos y, con suerte, quizás vender algunos por correo. Así se convirtió en la edición más rara de Apple Records y una leyenda entre coleccionistas.
La industria, más avispada ahora que entonces, decidió a principios de la década pasada que era el momento de amortizar ese estado legendario. Su primer disco fue reeditado y entre los extras de rigor se incluía esta canción. También se publicó en un recopilatorio de Apple Records, “Come And Get It: The Best of Apple Records”, y se hizo un documental sobre él y la leyenda de la canción censurada. A mí me dan un poco de grima estas operaciones oportunistas de rescate de artistas olvidados. Está bien que canciones interesantes vuelvan a estar a disposición del público, pero no soporto esos montajes de marketing emocional que retratan a artistas ninguneados en su momento como héroes que ahora van a ver recompensado su talento gracias a estas empresas de ahora que, ellas sí, saben valorar a los artistas. En este caso concreto, además, me deprime lo indecible el verle como un viejo amargado, quejoso de haber sido privado de una brillante y próspera carrera musical. Cosa que –estoy convencido– no hubiese conseguido ni con censura, ni sin ella. No porque su propuesta no fuese interesante, que lo era, sino porque no había entonces –como no lo hay ahora– un público receptivo a esa propuesta.

Hay veces –y esta sería una de ellas– en las que aquella paradójica frase de Dylan toma pleno sentido y la victoria reside en la derrota. ¿Qué esperaba, que le rieran la gracia del Fuh-King, se la publicasen y fuese un éxito? Si fuese así, ¿por qué molestarse en hacer la gracia? Lo que demostró la censura de la canción es que, efectivamente, aquella era una sociedad pacata y estúpida, el único motivo que da sentido a una gracia que, en el fondo, es una cosa bastante infantil. Sin censura no habría demostrado nada y la cosa tendría el mismo mérito artístico que un niño diciendo caca-culo-pedo-pis. Pero el señor Friedland, quizás malinterpretando esa operación mercantil de recuperación del pasado, se ve a sí mismo como un gran artista al que solo una conspiración de mediocres le impidió gozar del éxito que su gran talento como músico merecía.
Seamos sinceros: entre sus virtudes no se encontraba esa (la de tener un gran talento para la música). Sí, tenía buen gusto para escribir canciones, pero eso no es lo mismo que ser un gran músico como lo eran, por ejemplo, Warren Zevon, Randy Newman o Zappa, por nombrar algunos grandes talentos musicales que hacían uso del humor absurdo. Desde luego, si lo juzgamos solo por King of Fuh, la polémica canción que según él debería haberle permitido alcanzar el éxito, es un compositor mediocre y un cantante flojo. El único punto fuerte de la canción es esa ocurrencia que vale para señalar las hipocresías de la industria y la sociedad, pero que en ningún caso podía servir para hacer temblar a esa industria y conseguir que cayese rendida a sus pies. No parecen esos los mejores ingredientes para alcanzar ese ansiado éxito.
De hecho, en su primer disco hay bastantes canciones más interesantes musicalmente que esa (aunque tampoco nos van a hacer cambiar de opinión sobre sus capacidades como cantante). Por otra parte, esa canción es la que ha hecho de él una leyenda –menor y circunstancial, pero leyenda al fin y al cabo–. Sin ella, sería solo un tipo extravagante que sacó un par de discos raros y que hoy nadie recordaría. Algo, sin duda injusto, que impide que podamos valorar con ecuanimidad sus méritos. Está condenado a ser para siempre el tío del Fuh-King, un encasillamiento al que él también contribuye con su obstinación en seguir quejándose de aquel lejano episodio que no debería ser el que le definiese como artista.
Ese revival oportunista le puede ofrecer un minúsculo y efímero éxito, algo que no creo que le compense medio siglo de olvido, pero no hace honor al legado por el que realmente merecería ser recordado. Me duele verle interpretar ese papel de genio incomprendido, algo que no está a la altura del brillante humor que demostró en su momento y que le hacía especial. Lo que le hacía distinto y un artista único era ese humor surrealista y su capacidad innata para la provocación. Demostró lo primero con sus canciones y lo segundo con la censura de la canción de marras y el consiguiente fracaso de su carrera. De todas maneras, aunque a mí me resulte triste, el documental que he mencionado es interesante por mostrar el testimonio directo del personaje. Aunque no sea el que a mí me gustaría oír. Pero véanlo y saquen sus propias conclusiones.
Alegrarse del fracaso de un artista que te gusta puede parecer el colmo del esnobismo, un acto egoísta de alguien que pretende disfrutar en exclusiva de artistas minoritarios y presumir de un buen olfato que nadie más tiene. Les aseguro que ese no es el caso. De hecho yo lo descubrí gracias a esa operación que estoy criticando y al fácil acceso digital a esos discos reeditados. No voy a mentir y decir que ya lo conocía antes, ni mucho menos lo que dicen los más atrevidos y desvergonzados en estos casos, el clásico del faroleo “yo estaba allí” (en mi caso, algo francamente difícil, ya que todavía no había nacido). No, no se trata de eso. No es que me alegre de su fracaso y lamente su recuperación. Lo que me entristece es que él no vea el dilema que él mismo creó tan claro como yo lo veo. La batalla de su vida es una que no puede ser ganada, porque pretende dos cosas contrapuestas que no pueden darse al mismo tiempo. Aunque el escándalo y el éxito sean dos formas de notoriedad, si escandalizas lo suficiente para que te silencien, no puedes tener éxito. Puedes conseguir una de las dos cosas o ninguna, pero no las dos. No entiende que en su caso el “there’s no success like failure” le viene como anillo al dedo y era, probablemente, la salida más realista y digna a ese dilema que el mismo planteó. No existía la posibilidad de otro desenlace más favorable o digno para él en su pulso contra el sistema.
En realidad, se lo juro, me gustaría que un montón de gente conociese y disfrutase de este tipo. Pero que fuese por las razones correctas: por sus buenas canciones, por su sentido del humor retorcido y provocativo y por la original creación de un personaje y un estilo singulares (un punk ‘avant la lettre’, que interpretaba surrealistas canciones pop como si fuese el protagonista de un desquiciado y grandioso musical). Esas son las razones por las que deberíamos apreciarlo, no por sentir lástima de un viejo al que una vez le prohibieron una canción basada en una gracia infantil que aquella pacata sociedad no pudo digerir, que es lo que el documental, él mismo, y toda la operación de reivindicación sugerían. Eso supone minusvalorar los méritos del artista y embrutecer aún más el gusto y la capacidad crítica del público.
Lo que me gustaría oírle decir –lo que haría que viese al viejo de ahora con la misma admiración que veo al joven de entonces, y que daría sentido a toda esta historia– es: “No me censuraron. Yo hice que me censuraran. Nadie ha tenido cojones a hacer lo que yo hice y fue divertido hacerlo. I fought the law and the law won. Que jodan a esos putos pringados… Y ahora te voy a tocar una de los Bitels, dedicada a mi amigo Jorgito”. Y que entonces, con una gran sonrisa, se arrancase a tocar, no sé… un Here Comes the Sun. Fundido a negro y títulos de crédito. Así sí, amic Friedland… Así sí.
Bueno, quizás le esté pidiendo algo demasiado punk a un cantante melódico de los 60, por mucho que se haga llamar Brute Force y esté medio chiflado…
Artista diletante profesional: de la literatura a los videojuegos pasando por la música o el cine, no hay arte a la que no haya ofendido.

qué bueno marisopa, me ha encantado y estoy totalmente de acuerdo con tu punto de vista, que has explicado muy claramente. no se puede tocar los cojones y luego esperar que te rían la gracia. comparto tu decepción con el personaje.
no conocía al sr. fuerza bruta de nada hasta ahora, así que gracias por el descubrimiento también.
No había oído hablar de Brute Force en mi puta vida de bobo y con ese nombre hiperbólico a lo Max Power, pensaba que la cosa iba sobre un disco ficticio de un músico ídem.
Tremenda historia y muy bien introducida por la cita dylaniana que le viene al dedo. El tío cayó en el olvido y porque por lo poco que he escuchado no parece que sea muy inmerecido pero estas historias molan mil.
Ahora toca hacerse con una copia del single de King of Fuh, que he visto en Discogs que hay una por 8000 eurillos de nada. Bagatelas.
Al principio pensé que estaba siendo el mejor capítulo de la dimensión inexistente jamás publicado: el personaje, sus hitos, su estilazo en la brazada… jajaja, a galeras conmigo!!!! Ufff, detrás de esa careta hay mucho dolor. Los Rolling Stones cantaban «…you are a star fucker star fucker…» en el cierre de «Goat’s head soup», en 1973, con lo que la sociedad es timorata para lo que le da la gana, esto es así. Que sí, que en las mezclas se disimulan muy bien las cosas, pero la frase está ahí y se sabe que está ahí para quien se quiera enterar. El drama de este chico es no saber salir de su propio drama.
Gran historia, pero casi me da más pena de la hija.
La hija es clavadita a una novieta que tuve (al igual que el Sr. Friedland, con los años ha acabado teniendo un parecido más que razonable con Chiquito). Inquietante todo.
La zagalica tiene un canal en youtube «Daughter of force», en el que, entre otras cosas, canta algunas canciones con papi. Que sí, que da un poco de penica, pero a mí es que me pone. Y la canción esta me parece muy linda, aunque esté degradada hasta límites imposibles.
https://www.youtube.com/watch?v=xa8rLymnpuI
Estoy muy de acuerdo con la conclusión que sacas Marisoper… y con el corolario de Juansinmiedo: Censuraban a los robaperas, pero a los que vendían unos milloncetes de discos, bueno… baja los coros, sube la pandereta y ya vale. Siempre ha habido clases.
¿Veis una conexión entre the Fuh King y los Jones Brothers?
¿The fucking Jonas Brothers?
No, los cinco hermanos Jones.
Los del rancho de las flores.
Lo siento, mi otra opción era «Elvis Costello». Eso son chistes de ruock nivel avanzado, y yo solo los manejo a nivel de usuario.
Muy interesante, Mario. Me ha encantado el enfoque.
Tampoco conocía al interfecto, aunque no estoy seguro que vaya a profundizar mucho más en su obra. Doy tu artículo por concluyente y ahí me apeo de la burra.
La canción del Fuh King me ha recordado un poco, por cierto, a los temas de Eric Idle para Monty Python, forzando la letra a cascoporro para que quepa la gracieta de turno… (y vaya por delante que soy muy fan de Monty Python, eh)
Psicodramas aparte, es una figura menor, totalmente opcional en el gran contexto de las cosas, no pasa nada por olvidarse de su existencia. Pero tiene un puñado de canciones guays, tanto en el primer disco, como las que compuso para otros. Para un recopilatorio simpático daría. Mejor como compositor que como intérprete, desde luego.
https://www.youtube.com/watch?v=1ymFbA-QIg0
https://www.youtube.com/watch?v=SM83hjHpcik
https://www.youtube.com/watch?v=1XnU5kHeSaM