La nostalgia suele ser un efecto secundario del funcionamiento poco fiable de la memoria. Por mucho que esté seguro de recordar algo con precisión, puede apostar con la seguridad del que se sabe ganador a que las cosas no fueron así. Lo que archiva con precisión su cerebro es el estado emocional (en el que intervienen muchas más cosas que el mundo externo). El resto se distorsiona a conveniencia –o se fabrica si es necesario– para encajar con ese estado emocional.
Imagínense lo que es la nostalgia de algo que no se ha vivido. Ahí hay que inventar hasta el contenido emocional. En definitiva, los sentimientos nostálgicos sobre cosas que no se han experimentado personalmente son cualquier cosa menos indicadores de cómo fueron esas cosas en su momento. Sin embargo, la memoria no es el único mecanismo o artefacto humano que registra con fidelidad los estados emocionales. Resulta que la música es, o puede ser, sorprendentemente eficaz como vehículo transmisor de emociones. La nostalgia a través de la música se convierte así en algo viable para rememorar épocas no vividas.
En el mundo de la música pop no es difícil contemplar este fenómeno, hasta el punto de haber géneros enteros consagrados a ello. Todo eso que se llama así, en abstracto, música sixties, no es más que eso: un artefacto nostálgico hecho por y para personas que no vivieron aquellos tiempos. Cualquier grupo de jovenzuelos de esos que hoy en día se creen los Beatles o los Who, sustentan su fantasía nostálgica en experiencias que no han vivido. No obstante, es una época bastante bien documentada y todavía quedan un buen número de personas que vivieron aquello y que sirven de elemento de conexión, por lo que intervienen otros factores.
Otra cosa diferente son épocas más pretéritas, por ejemplo, las primeras décadas del siglo XX. Es evidente que quedan muchos menos documentos y pocas o ninguna persona que lo vivieran. El nivel de dedicación necesario para sumergirse en esa época a través de las pocas cosas que quedan de aquello no es comparable al dedicado a otras épocas más recientes y accesibles. Hace falta dedicación y espíritu de arqueólogo para sustentar esa nostalgia y crear nuevos artefactos que recreen el espíritu y el estado emocional de aquellos tiempos casi olvidados.
Musicalmente, sobre todo en lo que se refiere a Estados Unidos, es una época fascinante en la que cristalizaron en su forma casi definitiva –o al menos en una fácilmente identificable– casi todos los estilos musicales que hoy en día suponemos inconscientemente poco menos que eternos. El blues, el jazz o el country, empiezan a ser lo que hoy entendemos como tales precisamente en esa época, evolucionando a partir de formas más antiguas que fueron perdiendo su vigencia. Es un panorama efervescente situado justo entre el nacimiento de un nuevo mundo y la muerte de otro.
Y así llegamos al protagonista de esta semana. Un artista del que se puede decir sin miedo a equivocarse que es una figura legendaria y única, y uno de los máximos referentes en su campo. Lo que pasa es que no está aquí por eso, sino por algo muy diferente y accesorio a su principal actividad artística. El personaje en cuestión es Robert Crumb, el mítico dibujante y padre del cómic underground. A Crumb hay dos cosas que le chiflan por encima de todas las demás. Una, las mujeres voluptuosas y atléticas, acerca de las cuales alberga un abanico de fetichismos que quizás solo el propio Freud hubiese podido acercarse a describir con un mínimo de detalle. La otra es, precisamente, la música de esa época de la que hablaba. Como, a pesar de lo que su aspecto pueda sugerir, Crumb es un hombre decidido y de acción, puso manos a la obra y montó su propia string band, The Cheap Suit Serenaders, para tocar esa música. Y, oigan, lo hacían realmente bien.
En esta canción en concreto están en un terreno cercano al de ciertas formas de jazz primitivo. Con una instrumentación más típica de jazz, podría pasar sin problemas por una pieza de Jelly Roll Morton, por citar un artista que está entre los favoritos de Crumb y al que le dedicó un cómic biográfico de lo más interesante.
La verdad es que no le hacían ascos a ningún estilo si es de la época adecuada; polkas, canciones hawaianas, country de aires montañeses, blues de jug-band o piezas de jazz-swing como esta se alternan sin el menor complejo. Crumb toca el banjo y canta con una profunda y sorprendente voz impropia de su aspecto de alfeñique. Aunque algo limitado en su registro, se revela como un cantante competente para este tipo de músicas, sin que dé en ningún momento la sensación de estar por encima de sus posibilidades. La mayoría de las canciones, como esta, son versiones de la época, pero también contribuyen alguna pieza original que, la verdad sea dicha, es indistinguible de las demás, tal es el grado de mimetismo que consiguen con los estilos de aquella época.

Esta no es la única ocasión en la que la obra de Crumb se ha cruzado con la música pop, y utilizo el término pop en el sentido en el que lo suelo usar, con su significado de popular y englobando todos los estilos que puedan caer en esa laxa definición (si Crumb se entera de que le he asociado con lo que se entiende normalmente por música pop, no dudo de que vendría personalmente a sacarme las tripas). Son incontables las ocasiones en las que en sus cómics narra la vida de algún artista (además del ya citado de Jelly Roll Morton, les recomiendo el dedicado a Charlie Patton, legendario pionero del blues y que pueden ver íntegro en el enlace previo). En otras historietas refleja sus neuras y tribulaciones de coleccionista de viejos discos o lanza violentas diatribas contra la música moderna.

En cualquier caso, al margen de rankings innecesarios, hay que decir que el resultado es convincente y muy disfrutable a poco que te gusten este tipo de músicas. La pasión y la competencia con las que acometían estas piezas transmite justamente lo que comentaba en un principio: la emoción necesaria para disfrutar de la nostalgia de ese fascinante tiempo que ni ellos ni nosotros hemos vivido, pero al que podemos transportarnos por unos instantes.
Artista diletante profesional: de la literatura a los videojuegos pasando por la música o el cine, no hay arte a la que no haya ofendido.

Musicalmente no me conmueve, pero gráficamente al señor Crumb le debo mucho. Todavía guardo como oro en paño los dos volúmenes de Pastanaga Editors que cogí «prestado» a mi tía. En una de esas «confesiones» habla/dibuja sobre esa pasión musical, sobre peregrinajes a por colecciones de «pizarras»… Lo descubrí con diecialgo, una edad en la que debería estar a otras cosas, pero yo es que a los bailes voy leído 🙂 Hay por ahí un docu donde se abunda en su disfuncionalidad (o la de su familia), por llamarlo de alguna manera, pero que no quiero ver.
¡El docu está genial! Sí, habla de un tarado y de su familia de tarados, pero no es innecesariamente morboso y se deja ver sin ataques de vergüenza ajena. Digamos que es una versión guiri y (ligeramente) desenfadada de El desencanto.
https://www.youtube.com/watch?v=4FJiTCAmD4k
P.S. Ah, y es de Terry Zwigoff, que también ha dirigido un par de pelis basadas en comics de Daniel Clowes (Ghost World y Art School Confidential), probablemente el cineasta moderno más comiquero, así que está hecho con un sincero interés y respeto, a pesar de lo disparatado de los personajes que retrata.
pues si me lo recomienda intentaré atreverme. me había hecho a la idea de que rezumaba vergüenza y oscuridad a tutti pleni.
Como bien dice Manitoba, sí que da penica y hay sordideces, como no podía ser de otra manera, pero a mí no me parece que sean gratuitas ni llevadas por un ánimo de mostrar casquería emocional, sino que son las necesarias para entender al personaje y sus neuras. Yo soy bastante reacio a estas movidas de «peña loqueando» por usar su terminología, pero en este caso me parece que están bien traídas y que el interés del personaje lo justifica.
El documental está muy bien aunque da mucha pena por el deterioro mental familiar que muestra, sobre todo el de un hermano, creo recordar. Crumb mola mil. Como persona y como dibujante de comics. De su faceta como músico no tenía ni idea pero lo que he escuchado esta mañana me ha gustado.
Muy guay todo, marisoper.
Suenan de fenómenos. No soy fan del jazz… pero el swing y el dixieland y estas cosas tan viejunas que todavía no estaban claramente separadas del blues y de lo que cantaba la gente mientras cavaba la huerta soy capaz de escucharlas en pequeñas dosis.
Me empezaron a entrar después de ver en concierto a unos italianos que son muy, muy, muy buenos. Verónica Sbergia y Max de Bernardi. (…durante algún tiempo fueron de los grupos favoritos de mi hija mayor, flipas. Hasta la llevamos una vez que volvieron a Barcelona)
Y, sí, vaya sorpresa que Crumb cante con esa voz.
El documental es muy bueno y además de cuando no estaban de moda este tipo de películas.
Yo llegué a la música de Crumb a través de este comic que incluía un cd que disfruté mucho en su día.
https://www.elargonauta.com/libros/r-crumb-recuerdos-y-opiniones/9788493541200/
Sobre el tema de la nostalgia de tiempos pasado no vividos habla muy bien Woody Allen en «Medianoche en París», el protagonista alucina con el Paris de los 20, mientras que Adriana, la chica de esa época con la que el protagonista se encuentra suspira con el París de décadas anteriores.
muy buen artículo, mario, muy iteresante y me ha hecho pensar. vi el documental hace milenios (lo tenía en vhs) y lo vi muchas veces pero al final me resultaba más deprimente que inspirador y hace mucho que no lo he vuelto a ver. el hermano comiendo cuerdas es una imagen que no me ayuda a cambiar de opinión.