Las hienas y la penúltima gran banda de rock and roll que pisó este planeta y el acelerador

motores y bragas

El «Destroyer» de los Kiss se abre con «Detroit rock city». La larga intro, con ese motor de octanaje sano y la radio emitiendo buen rollo, contrasta con el abrupto y fatal final. Está inspirada en la muerte en accidente de circulación de un fan que regresaba a casa tras un bolo de los «carapintadas». Desde la anécdota Paul Stanley reflexiona sobre lo efímero de la vida, la cruel paradoja de ir de fiesta y morir en el camino. Y uno podría atreverse a salvar la distancia del pensamiento, situarse en el asiento de al lado o en la acera cercana y preguntarse: «¿Por qué yo? ¿Por qué aquí?».

Diciembre de 1984. Hay una fiesta y en ella está Mick Mars, de los Mötley Crüe, harto de su novia Linda. Ha decidido ahogarse en el mar, así que bien cargado de quaaludes, Jack Daniels, brandy y kahluas se sumerge entre las olas de la playa de Redondo, al sur de Los Ángeles. Su compañero de grupo, Vince Neil, se lo encuentra horas después tirado en la orilla, durmiendo la mona como un rastrojo de vestimentas de cuero, algas y arena. De regreso a su apartamento, epicentro de la fiesta, Vince coge por banda a su vecino Jim Thomas, fanático de los coches, y le propone conducir su nuevo y reluciente De Tomaso Pantera rojo del 72, aprovechando que tiene que salir a reabastecer de bebidas la celebración. Jim lo rechaza porque ha prometido llevar a su novia a cenar fuera. Entonces surge un voluntario, Nicholas Dingley, Razzle, miembro de la banda finobritánica Hanoi Rocks, de gira por Estados Unidos y amigos de los Crüe. Por cierto, estamos en la Semana de la Prevención del Abuso de Alcohol en Carretera.

De Tomaso Pantera color «sangre de Razzle»

Vince se pone al volante y bajan hasta una licorería de la avenida South Catalina, donde compran doscientos dólares de alcohol. Durante el regreso Vince pone a prueba su deportivo mientras Razzle abraza en su regazo el botín alcohólico. De repente el cantante de los Crüe pierde el control del vehículo e invade el carril contrario a más de cien kilómetros por hora en una zona limitada a 40. Sin tiempo de reacción chocan con un turismo Volkswagen cuyos ocupantes, Lisa Hogan y Daniel Smithers, resultarán heridos muy graves y con secuelas para el resto de sus vidas. Vince Neil sufre cortes faciales y alguna costilla rota, pero la peor parte se la lleva Razzle: el choque le revienta la cabeza y fallece nada más ingresar en el hospital. Cuando los amigos de Vince pasan al día siguiente a recogerlo en lo primero que se fijan es en su camisa hawaiana teñida de la sangre de Razzle. Mientras, Mick Mars despierta en la playa y regresa a la casa. A través de los amplios ventanales de cristal ve a sus compañeros de grupo y a sus novias llorando en el salón. Por alguna extraña razón piensa que lloran por él, que ha logrado acabar con su vida, que es un fantasma. Intenta atravesar la cristalera y el golpe en la cabeza lo derriba. Cae de espaldas en la arena, inconsciente, otra vez.

Estamos en la primavera de 1989, en un punto indeterminado de la autovía 101, cerca de Los Ángeles. Un Ford Mustang del 65, que poco antes era una bala negra sobre el asfalto, se aparta bruscamente al arcén y se detiene. El sol californiano le hace brillar, caliente, orgánico, y más de uno sentiría músculo donde hay cilindros. El conductor se sienta en el capó y enciende un cigarrillo. No sabemos si conoció a Razzle, pero sí a Mick Mars y a Vince Neil. Son buenos compañeros de correrías, aunque Neil le partirá la carita más pronto que tarde por supuestamente intentar ligarse y pegar, tras frustarse su intento, a su esposa Sharise. Es Izzy Stradlin, guitarrista de Guns ‘n’ Roses. Tiene en estos momentos al hígado, poros, pulmones y neuronas trabajando horas extra para asimilar cinco días de fiesta continua. En la guantera lleva media saca con sustancias ilegales y una pistola. También una guía de carreteras que siempre que intenta abrirla se despliega al revés, lo que le exaspera bastante.

Ford Mustang del 65 y de los siete pecados capitales a mayores

Por suerte hoy conoce de sobra el camino, no es necesario recurrir al mapa. O a la pistola. Pero Jeffrey Dean Isbell, o lo que es lo mismo Izzy, está extenuado. Poco antes, al volante, se le cerraban los ojos. Un instante de lucidez, o una alarma súbita, le ha hecho parar el coche. En la cabeza le zumba intermitente una pregunta: “¿Dónde está mi puto dinero?”. Se espabila. No se explica cómo habiendo vendido su banda hasta la fecha diez millones de discos él está casi en la ruina y con el buzón a reventar de facturas. Quizás si recordase qué le llevó a salir de casa hace cinco días, exultante, qué le motivó para tamaño desenfreno, quizás entonces su mano se deslizaría al bolsillo interior de su chaqueta de cuero, donde abraza pelusillas un arrugado cheque por valor de 900.000 dólares en concepto de regalías. Sí, al salir de casa no olvidó las llaves, sino pasar por el banco.

¿Por qué el rock and roll exige tener carnet de conducir? ¿Existirá una última gran banda que de rienda suelta al exceso amparada en la seguridad del transporte público? Al final será irrelevante. La casualidad, el «por si mañana no estoy», siempre estará ahí, latente, seas la estrella o el acompañante, el loco al volante o el inocente copiloto. La vida te desquicia, pero siempre vales más vivo. Así que cuidado queridos, aunque recorrais con tiento el camino del hedonismo puede que no sirva para nada. Recordad que el pensamiento más común en el entierro de John Belushi fue: “por favor, que aquello que le mató no sea lo que más me gusta”. Y luego en el fondo da igual, ¿no es eso lo que todos deseamos para nuestro día a día?

8 comentarios en «Las hienas y la penúltima gran banda de rock and roll que pisó este planeta y el acelerador»

    1. Lo jodido es que si Razzle y Vince hubiesen tenido el accidente en un bus la muerte del primero habría sido calificada de ridícula. Eso dice mucho de qué bando ha escogido el rock and roll: el del egoísmo que fomenta la contaminación por el abuso del vehículo privado frente a políticas de incentivos de transporte público. ¿Por qué no se hacen públicos los vídeos de tantos rockeritos que van a ensayar en metro? (qué bien me queda mi sombrero de papel albal, por cierto)

  1. para tocar rockandroll igual debería estar prohibido tener carnet de conducir? aunque si lo haces inofensivo y cabal, no dejaría de ser rock?
    he googleado fotos de ‘rock and roll band in public transport’ y me han salido diezmil buses de bandas de gira y una banda llamada public transport. el transporte público parce que no es una cosa que practiquen mucho los roqueros.

    1. está la mítica de ramones en el metro con las guitarras en bolsas de la compra… peeeero luego en cuanto pudieron glorificaron las furgos como pocos. y los clash y los sex pistols se recorrieron los usa en autobús porque querían emular las travesías de los míticos greyhound… peeeeeero se pillaron uno de alquiler, nada de ir pagando el billete y morirse de aburrimiento en un área de servicio de los monegros a las tres de la mañana rodeado de lumpen devorabocatas.

  2. No tenía ni idea de que «Detroit Rock City» trataba sobre eso…

    El tema del transporte público es interesante, nos puede llevar al coche como icono etc… y todavía se me ocurre otra cosa, hay mucha relación entre las motos y los clichés del rock… y, sin embargo, son uno de los peores vehículos si tocas en una banda y vas de camino a un bolo, sólo detrás de las bicicletas.

    Pensadlo, ¿Como llevas un ampli en moto? ¿Y la batería?… y a pesar de ello son omnipresentes.

    1. he de confesar que los kiss aparecieron en el artículo casi a última hora, pues me acordé de la intro motorizada y de la hostia final y me puse a indagar y me vino perfecto…. pues esa fina línea de rímel entre kiss, hanoi rocks, mötley crüe y gnr está ahí.

      respecto a la moto tiene usted toda la razón, me recuerda el polo opuesto que representó en los 80 la renfe para todos esos grupos que tenían que tocar en provincias y metían tooooooodo en esos convoyes infernales de la larga distancia de entonces.

  3. Yeah… Reckless driving… So rocknroll. Buen artículo. Pero mi eterna pregunta siempre será por qué, salvando excepciones notorias, muchas veces ser un gran artista equivale a ser un desiquilibrado emocional y necesitar ahogar/camuflar/tapar los sentimientos, penas, incluso alegrías con alcohol y/o drogas. Lo de live fast die young… No es para mí, pero claro no soy músico ni artista.

    1. Ante los ruegos de su manager para que dejase las drogas porque iban a ser su ruina Johnny Thunders le dijo: «Keith Richards es rico y es yonki»; a lo que el manager respondió: «pero Keith primero se hizo rico y luego yonqui». El gusto politoxicómano, a veces exagerado por un público a su vez ávido consumidor de todo lo que se le pone a mano, hay ocasiones en que se produce una vez alcanzada cierta posición en la que a la fragilidad de la juventud se añaden todas las debilidades que oculta una persona… en sus cabales o no. La tentación siempre está ahí, pues es arte expresado en un contexto que remite a celebración, como es un concierto, luego la cabeciña de cada uno… Y lo de «live fast, die young» pues creo que tampoco nos va a los secreters, ya que todos rondamos o sobrepasamos la cuarentena, jajaja!

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