Sexo, cocina y cintas de vídeo: Perdedores

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Se ha muerto mi suegra. Menudo palo para Mar que ya lleva unos meses rara y ausente y ahora encima se queda huérfana de madre. Esta mañana ha sido el entierro. Y mi suegra pobre también, qué mala suerte tuvo en la vida. En fin, a quien con Dios está, Dios no le abandonará. A mi suegra ya casi no le quedaba familia, era la última de cuatro hermanos. El funeral ha sido bastante discreto, éramos solo nosotros. Bueno, nosotros y Antonio.

A Antonio no le veíamos desde el día de Navidad que vino a comer a casa.  No sé si me tenía que pedir perdón él a mi o yo a él porque aquel día, bueno, las cosas se nos fueron un poco de las manos a los dos. En el entierro nos ha dado el pésame y se ha quedado un rato hablando con Javi que hacía cuatro meses que no le veía. Vaya manera de que tiene mi primo de tratar con su sobrino. En fin, es triste pero al final, son en estas ocasiones donde se solucionan los problemas familiares.

El día de Navidad yo había ido, como todos los años, a tomarme algo con los operarios de producción que les tocaba trabajar en el turno de mañanas. Les llevé unas botellas de vino de Rioja del bueno que me habían regalado unos proveedores el año pasado. Y todavía habrá algunos que se quejen.

Tipo 1: Save The Tiger (John G. Avildsen, 1973)
Tipo 1: Save The Tiger (John G. Avildsen, 1973)

Mar estaba nerviosa porque Antonio venía a comer y Javi estaba enfadado conmigo porque le tuve que poner en su sitio. ¡Pero si es que andaba lloriqueando porque un amigo se rio de él! Cuando yo tenía su edad ya trabajaba los veranos en la fábrica y ya mandaba sobre los operarios, pero claro, Mar no me deja colocarlo todavía y así le va, que parece que está todavía por destetar.

Entré en casa y Mar estaba en la cocina acabando de preparar la comida con Antonio que le estaba ayudando. Ella, colorada como un tomate, corría apresurada de un lado a otro. Antonio la perseguía como un perrito faldero. ¡Menudo pinche! Les dije que si hacía falta echarles una mano y se me quedaron mirando. Bueno, en realidad mirando al suelo. Mar dijo que ya estaba todo listo y Antonio no dijo nada. Ella, para variar, estaba disgustada por el pequeño rapapolvo que le había echado a Javi cuando volvió de probar la bici nueva. En esta casa son todos unos blandos y alguien tiene que hacer el trabajo sucio, algún día me lo agradecerán.

Tengo que reconocer que yo venía un poco achispado de tomarme los vinos en el trabajo. Bueno, vale, reconozco que les llevé un Rioja corriente y bastante cabezón. Se sube enseguida a la cabeza el condenado. Total, los obreros, ¿qué más quieren? No van a quejarse encima de que pueden beber en horario laboral y con consentimiento del jefe. Y yo, a ver si no voy a poder ponerme alegre ni el día de Navidad, que ya tengo bastantes dramas en casa.

Que quede claro que yo llegué con buen humor y con ganas de colaborar y para demostrarlo puse la mesa. Que yo no soy un tío chapado a la antigua: en casa colaboro, aunque luego tenga a Mar encima corrigiéndome todo lo que hago, cómo me revienta. Pues oye, ese día no rechistó. Mientras terminaba llegó Javi que ahora venía sonriente y contento. Le saludé y cambió el rictus. Balbuceó algo y subió a ducharse para bajar a comer. A mí, que venía algo achispado me sentó mal esa respuesta. A ver, que es Navidad y estoy haciendo un esfuerzo por poner lo mejor de mí pero mi connivencia es finita. Yo no sé qué le pasa a esta familia pero entre todos me van a volver loco. Levanté la voz, un poco, tampoco mucho, lo suficiente para que supiese que mi paciencia tenía un límite. Le dije que en diez minutos listo y abajo. 

Tipo 2: Fat City (John Huston, 1972)
Tipo 2: Fat City (John Huston, 1972)

Acabé de poner la mesa y Antonio y Mar fueron trayendo los aperitivos como almas en pena. A Mar hasta le temblaban las manos. Se la veía apagada porque era la primera vez que no estaba su madre con ella. ¿Nunca me va a perdonar lo de la residencia? Me daba la sensación que el ambiente se iba volviendo turbio. Yo abrí una botella de vino y dije que si brindábamos. Javi, acababa de bajar pero se había quedado sentado en la escalera, mirando entre los barrotes. 

Antonio dijo que sí y le eché un buen copazo. De repente, sentí a Mar que me decía: —¿Y a mí no me sirves, Héctor? —Me extrañó porque ella nunca bebe y encima me lo dijo con una sonrisa en la boca cargada de condescendencia que no me gustó nada, como si fuese consciente de que me iba a olvidar de ella. Le serví también la copa hasta arriba. Le puse tantas ganas que me cayó vino hasta en la alfombra. Ella hizo como que no se daba cuenta, y eso que era la alfombra persa, que siempre me está riñendo cuando la piso según vengo de la calle, pero esta vez ni se inmutó. Se bebió la copa del tirón sin quitar sus ojos desafiantes de los míos ni un segundo. Antonio, nos miraba a los dos desde atrás con ese aire lánguido que me pone enfermo. 

Empecé a sentirme como si me hubiese colado en una fiesta a la que no me hubiesen invitado. Antonio se apretó su copa también como si fuese agua. Le señalé una silla del comedor para que tomase asiento. Llamé a Javi con sequedad y se sentó a su lado. Enfrente de Javi me senté yo y Mar trajo unos entremeses y se sentó junto a mí, en la silla que quedaba libre.

Nadie decía nada. Antonio comía mirando hacia abajo y Mar empezó a pelarle los langostinos al niño. Le eché una mirada reprimiendo su conducta pero preferí callar. Respiré hondo y volví a servirnos vino a todos. Esta vez empecé por Mar, no sea que se me volviese a quejar.

—Bueno, Javi, ¿y qué tal la bici? ¿Les gustó a tus amigos? —Javi se encogió de hombros sin abrir la boca.

—Pues por el dinero que costó ya les puede haber gustado porque ellos no creo que puedan permitirse una como la tuya —Javi levantó la vista del plato de langostinos pelados por su madre.

—A ellos no les hace falta una bici, viven en el centro y van caminando a todos los sitios —Tanto desagradecimiento estaba agotando mi paciencia. Pegué un puñetazo en la mesa pero no dije nada.

—Héctor, por favor —Mar me miraba suplicando con la mirada. Solté los cubiertos que cayeron sobre la mesa haciendo un ruido molesto.

—¿Por favor qué? —Mar se levantó con la excusa de cambiar los platos y huyó a la cocina. Menuda familia de pusilánimes. Me reí para adentro y miré a Antonio.

—¿Abrimos otra, primo? —Antonio, que hasta ahora escudriñaba fijamente las pieles de los langostinos sobre el plato, levantó la vista y se quedó mirándome un rato demasiado largo para mantener el silencio con su rostro inexpresivo de amargado. Pensé que iba a decirme algo porque sus labios llegaron a hacer el gesto de despegarse pero finalmente simplemente asintió.

Tipo 3: À bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1960)
Tipo 3: À bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1960)

Me levanté a por más vino y aproveché a echar una meada. ¿Qué estaba pasando aquí? En el baño me refresqué la cara con agua fría intentando limpiar la mala ostia que me estaba invadiendo y oscurecía mi mente aunque inevitablemente una sensación de rencor cada vez más grande empezaba a latir apoderándose de mí y amenazaba con estallar. Pero eso no podía pasar, no. No el día de Navidad. Tenía que calmarme y aunque esta familia de mojigatos y desagradecidos me estuviesen jodiendo no iba a caer en sus provocaciones. Fui a la cocina y pasé por delante de Mar que estaba sacando algo del horno. Abrí la botella de vino a su lado. Ella ni me miró. Volví a la mesa canturreando. Antonio jugaba con las migas en el mantel y Javi, como siempre, estaba distraído mirando las musarañas. Mientras servía llegó Mar y posó una paellera en la mesa.

—¿Has hecho paella para comer en Navidad? —Yo no daba crédito.

—No es paella, es risotto, Héctor.

—Ah. Risotto. Claro. Risotto. En Navidad. ¿Y qué cuaresma abrimos unos turrones? ¿El pavo lo trinchamos en San Fermín? —Antonio, me miraba atentamente, como si estuviese observando un bicho en un zoo.

—¿Y qué tal unas judías verdes en Nochebuena? Primo, para vosotros los madrileños raritos, esto es lo normal, ¿no? Despreciáis las tradiciones. ¡Qué os importa! En esta familia, después de mí, el más cuerdo tiene Alzéhimer —Mar abría la boca temblorosa pero no se atrevía a decir nada. Parecía que estaba a punto de echarse a llorar. Suspiró y y empezó a servirnos a todos empezando por Javi.

—Papá, ¿es necesario que des el espectáculo siempre?

Chispún. Catacrock. Se me nubló la vista. Ni siquiera me acuerdo de todo lo que dije. Sí de algunas verdades y también de algunas tonterías que no debería haber dicho y a las que nadie debería haber dado importancia. Pero se la dieron. Descargué mi mala ostia en mi hijo y todavía no me lo ha perdonado. Algo de lo que sí me acuerdo es que lo llamé perdedor. Concretamente, le dije que con esa actitud sería un perdedor toda su puta vida. Que recapacitase, que estaba a tiempo. De todas formas, solo era un consejo, no era para ponerse así. A veces conviene un empujoncito para enderezar. Ojo, que me arrepiento pero a veces me lo ponen muy difícil.

Javi no me contestó. Solo me miró con una cara de asco que no soy capaz de olvidar. Se me ha quedado grabada. Y lo que me dijo Antonio, tampoco lo he podido olvidar. Fue el único que dijo algo y lo hizo con una tranquilidad y una suavidad que me estremeció. Su tono era casi inaudible pero contenía una mala ostia que nunca se la había visto.

—¿Y qué tipo de perdedor va a ser Javier? Hay muchos tipos de perdedores, Héctor: Están los que tienen su momento pero terminan perdiendo, los que nunca levantan cabeza, los que buscan la perdición y los que los que se la encuentran porque la perdición es su destino. Todos son perdedores pero entenderás que no todos son iguales y a lo mejor Javier querrá saber a qué grupo pertenece.

Tipo 4: The Asphalt Jungle (John Huston, 1950)
Tipo 4: The Asphalt Jungle (John Huston, 1950)

»Hablando de cine, por poner un ejemplo, tenemos un primer grupo al que pertenecerían personajes de Million Dolar Baby, The Man Who Would Be King o Salvad al tigre. ¿Ves a Javier ahí? Parece que no porque esos pierden sin avisar y no parece el caso—¿Qué cojones estaba diciendo mi primo? Los ojos de Javi refulgían.

—El segundo son sin duda los perdedores más patéticos, esos solitarios que nunca llegan a levantar cabeza. Como Stacy Keach en Fat City. Otros de esta misma estirpe serian Junior Bonner, Mignight Cowboy y casi todos los protagonistas de las películas de Fassbinder. Javier, ¿te gustan las pelis de Fassbinder?

»Luego están, claro, en el llamémosle grupo tres, los que persiguen la perdición hasta que la encuentran. Ahí están los personajes de Grupo salvaje, À bout de souffle y de In a Lonely Place. Esos son quizás los más románticos pero no por ello dejan de ser fracasados.

»Por último no nos podemos olvidar de los que son perdedores porque sencillamente lo tienen grabado en la frente: The Searches, The Man Who Shot Liberty Valance o La jungla de asfalto. Estos son un poco penosos porque luchan contra su fin pero hagan lo que hagan están condenados al infierno.

»¿Y yo, Héctor? ¿Qué tipo de perdedor soy yo? —Tomó un poco de arroz con el tenedor y se lo llevó a la boca saboreándolo lentamente mientras cerraba los ojos.

—Está delicioso, Mar.

Jon Voight y Dustin Hoffman en Midnight Cowboy (John Schlesinger, 1969)
Jon Voight y Dustin Hoffman en Midnight Cowboy (John Schlesinger, 1969)
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7 comentarios en «Sexo, cocina y cintas de vídeo: Perdedores»

  1. a ver, tras bajarse tres botellas de tintorro no se si héctor está centrado lo suficiente como para responder a eso eh!? jajaja! a ver la siguiente parte que está la mecha muy corta ya!

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