Joe Strummer: una aproximación tangencial

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La carrera en solitario de Joe Strummer me interesa entre nada y poco. Siempre ha sido así. El balance final de las aventuras firmadas a su nombre es muy irregular. La sombra de la banda más grande jamás surgida de la Westway es muy alargada. Las comparaciones son inevitables. Su pasado lo definirá siempre, puede que muy a su pesar. Y sin embargo, aunque no me conmueva su huella sonora individual, el Strummer icono, su verbo, siempre me arrancará una sonrisa. Y lágrimas. Y hasta algunos euros para financiar causas nobles, a veces sonrojantes.

Este año vio la luz «Assembly», su pretendido recopilatorio definitivo. Es más amable, por sintético y aparentes calidades, que «Joe Strummer 001», el cóctel de rarezas y hits editado en 2018 del que apenas disfruté del himno guerracivilista «15th Brigade» y de «US North», los diez minutos largos de joint venture con Mick Jones. Al «Assembly» sí le saqué más provecho. Me emociona la desnudez del «Redemption song» de Marley. También la enésima revisión -y la mejor desde 1980- de «Junco partner», con ese reverb rocker que acompaña al llanero solitario por una carretera perdida, muy del «Nebraska» de Springsteen. Hay más cremita: la polvorienta «Long shadow» o «Coma girl», la más tarareable del conjunto. Lo malo es que el palo dominante es la decena de ejercicios de world music tan del gusto de nuestro héroe, que lastran sobremanera un álbum que tampoco remonta con la inclusión de dos píldoras clás(h)icas en vivo, recurso que por otra parte ya aburre por reiteración.

Que Joe Strummer se rodease de gente más festiva que aguerrida no es de partida malo, pero quien mucho abarca poco aprieta. Pienso en Mano Negra, herederos espirituales de los Clash, quienes ganaron enteros dejando de lado otras tentaciones que no fuesen el todo latino. Strummer también ganaba centrado, certero, concentrando su metralla emocional, como cuando le arrancó un dueto a su adorado Johnny Cash. O cuando apostó por una base más «occidentalmente» reconocible para «Streetcore», cuyos robustos cortes incluidos en «Assembly» nos dejan un sabor agridulce: que su largo más rotundo sea el póstumo es una ensoñación devenida en muerte. Para nada reconocemos a estos Mescaleros en la extrema fusión y confusión sonora de sus discos previos, de donde a un servidor apenas le motivan «X-ray styles», tema titular del debut de 1999, o la exótica «Bhindi baghee» del «Global a go-go». Dichos trabajos, obra de un artista renacido, todo sea dicho, son una paleta de músicas del mundo, un paseo por un mercado de especias y telas de esos que la gris Europa concibe como multiculturalidad cuando en realidad es economía de supervivencia.

Strummer a la carrera, maratón mohicana

Antes de encontrarse a sí mismo el autodenominado «Caudillo del Punk Rock» vagó por «el yermo», según sus palabras. La desazón, la brújula rota, la depresión de John Mellor, el cantante sin banda al que todos perseguían precisamente por su banda. El primer paso lo dio en 1987, «Walker», una banda sonora, una pica en un género que fue su asidero en años posteriores. El segundo paso, primero en serio para volver bajo los focos, lo dio en falso con «Earthquake weather» (1989), un álbum sin destello y deje tex mex que ni siquiera hace olvidar la mediocridad del «Cut the crap». Por eso llegó el silencio, la sombra que no la ausencia, y el litigio de casi una década contra una discográfica que le negaba la posibilidad de grabar. El sosiego lo encontró en las bandas sonoras y en producciones de material ajeno, como motivador a lo Guy Stevens. Hubo tiempo incluso para refugiarse en la hermandad Pogues, pero sólo fue una salida desde el banquillo para suplir al delantero titular. Afortunadamente descubrió bondades en su forzado segundo plano que le permitieron rearmarse y encarar el tránsito de siglos pateando festivales. Su repertorio, flojo, con querencia por los sonidos del mundo, hubo que saltearlo con piezas de un pasado que al fin hizo propias. Asumió que no tenía sentido seguir huyendo. «London calling», «Bankrobber», «White riot», «Rudie can’t fail», «Straight to hell» o «I fought the law» eran el regocijo de un respetable a quien la fallida amalgama de «petergabrielismo» socialista se la traía al pairo.

La palabra no cantada

John y Jesús, ‘sit tibi terra levis’

Voz en off con hogueras nocturnas de fondo: «Me gustaría decirle a la gente que puede cambiar cualquier cosa que se propongan. Todo en el mundo. La gente recorre su pequeño caminito en la vida y yo soy uno de ellos. Hay que parar, apartar la mirada de nuestra senda de ratoncitos. La gente puede hacer cualquier cosa. Es algo que aún empiezo a aprender. La gente se hace daño, los unos a los otros, porque han sido deshumanizados. Hay que llevar la humanidad de nuevo al centro del ring y mantenerla ahí. La codicia no lleva a ninguna parte. Deberían poner eso en un anuncio gigantesco en Times Square. Sin la gente no sois nada. Este es mi mensaje». Así se cierra el documental «The future is unwritten» (2007). Cuando al final se quiebra por la emoción y se muestra el héroe desnudo lloro. Siempre. El caudillo punkrocker protagonizó un festín audiovisual entre 2000 y 2014. Además del ya mencionado vieron la luz «Westway to the world», docu oficial de los Clash; «The rise and fall of the Clash», sobre el final de la banda; «Quiero tener una ferretería en Andalucía» y «I need a Dodge!», ambos sobre las circunstancias hispanas de Strummer. Si es usted un secreter medio le sobrarán, pues aquí ya conocíamos de antemano la pasión española del protagonista gracias a nuestro añorado Exxon. Sus memorias a corazón abierto nos hizo privilegiados. Es inevitable que pensar en uno nos lleve al otro, a cómo lo(s) echamo(s) de menos.

Frente al retrato de Joe Strummer como héroe de clase obrera hay una dimensión oscura, más allá de las contradicciones propias de toda persona. El personaje provoca el flash epifánico con su discurso social, pero también existe John Graham Mellor. El hombre común, cobarde como nosotros, títere de Bernie Rhodes, su Maquiavelo de cabecera. Es el del arrebato altruista que comparte habitación con fans, pero también cargante en un postureo punk no tan ingenuo. Y es -era- cercano, sí, amigo, padre, necesitado del contacto humano. Sí, John Mellor también fue estrella de rock, Joe Strummer, depredador en camerinos, militante punk que se obligó a retirar el saludo a sus amigos del «squat», líder que se ligó a la novia de su compañero de grupo. A toro pasado es fácil ver que su huida de unas raíces privilegiadas en el fondo era una estupidez, con el tiempo uno sabe que esto no va de ricos y pobres sino de buenos y malos. Precisamente el tiempo es el que ya no cuenta para él, siempre abocándose a adoptar papeles incómodos para seguir en una línea del frente a menudo imaginaria. Quizás había dolor en su interior, traumatizado por esa trágica pérdida de alguien que se quitó de en medio y no le vio crecer.

La fuerza de su palabra sigue siendo un imán poderoso, global, intergeneracional, que resiste todo embate. Nos forzamos a creer en ella. ¿Y sus actos? ¡Qué coño, Martin Luther King también tendría un mal día! Y no negamos que nos seduce ese amor que tuvo por nuestro país -lo sentimos James Rhodes, tu cariño ya estaba inventado- y que regaló a raudales por Madrid, Granada o Almería. Entonces no había Joe Strummer, ni John Mellor, había un guiri que huía de su pasado. Encontró refugio en España, admirado por pocos pero suficientes, ignorado por el resto, que en el fondo era(n) lo(s) necesario(s). Los unos y los otros dibujan hoy a un extranjero liberado de un corsé de fama insoportable, ávido por sonreir y abrazar a cualquiera, a cualquier hora, siempre bajo el sol.

Una vez que interiorizas esto deseas que cada mes de diciembre prendan las hogueras, simiente de revolución con las que soñaba el gitano que este hijo de diplomático siempre quiso ser. En cierta manera, pese al rechazo que me provoca su turra world music, en mi actitud hay amor. Una filia complicada: escucho con creciente desidia el «Assembly» para, acto seguido, donar cinco libras a la Joe Strummer Foundation. De buenas a primeras me presto a financiar proyectos musicales que me la traen al pairo, pero que si sirven para que no atraquen a una abuela en un «banlieu» de París pues bien está. Y no, no compré la bandera con su silueta, pues su colorido es muy de guerrilla de desierto africano… prefiero la gorra de corte selvático oriental. Todo es tan guay que te libera de dar explicaciones en el Primer Mundo. Y todo por la lágrima, la puta lágrima, porque esa sí es sincera.

6 comentarios en «Joe Strummer: una aproximación tangencial»

  1. muy buena introducción al strummer post clash, juan. creo que no he oído ningún disco suyo entero (post clash) ni en solitario, ni con los mescaleros, solo canciones sueltas y nunca me acabó de atrapar nada de lo que oí , con lo que estoy bastante de acuerdo con tu visión del personaje. igual es porque soy ‘un secreter medio’?

    1. yo tengo por ahí el «global a go go», el segundo de mescaleros, porque «bhindi baghee» sí que tiene algo. pero el resto de tentativas han sido desilusionantes, a mayores de que las revisiones de sus clás(h)icos a la enésima vez pierden su gracia. el «streetcore» sí lo tengo pendiente de adquirir, más «occidental». y la suerte que hemos tenido los «secreters medios» con exxon a nuestro lado no se puede pagar… joe strummer aparte, leer la gestación del «omega» en sus textos no tiene precio… qué injusta es la vida! 🙁

  2. Pues a mí Eartquake Weather me parece un disco majo. No es comparable a los buenos de los Clash, claro, pero muy pocas cosas lo son. Tiene media docena de canciones guays. A mí es el que más me gusta (de los que conozco).

    No hace falta nada para hacer olvidar a ese disco del que usted me habla.

    1. yo no lo recordaba y le metí un par de intentos mientras preparaba el articulillo y «mmmmeeh!», flojillo para las expectativas que aún hoy debería generarnos. sí que se ve un camino a seguir, ese rollo rocker tex mex que comento, pero le falta mucha pegada. de «cut the crap» sólo comentar que indagando cosillas encontré a un fulano que al parecer lo ha regrabado con el barniz rockerito, eliminando todo el maquinillo, con las urgencias no llegué a escuchar nada pero parece que es un disco que duele tanto que la gente se fuerza a hacer esas cosas aún hoy.

  3. Fantástico Juan. Oye pues vaya cómo se parece ese Junco partner a Johnny 99. Mola. Me ha recordado vagamente (los años pasan y la memoria se va perdiendo) a una anécdota que contaba Exxon sobre una maqueta que tenía grabada de esa misma canción. Qué pena.

    Por cierto, vaya buena la foto con Turmix, no la había visto nunca. ¿Se sabe quién es el otro?

    1. es que huele a «nebraska» que tira p’atrás! sospecho que era su canción fetiche porque la ha tocado con todas sus bandas, desde 101ers. la foto me moló mucho tb, la original son dos superpuestas: en la primera sale con el batería de 091, una chica y carlos segarra y en la segunda con turmix, ese chico (uno de broma de satán, quizás???) y el de atrás es toti arbolés.

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