¿Qué tramais morenos? (y II): Costa Oeste

hiphop01

Los Ángeles, California, mediados de 1991. Suge Knight visita a Eric Wright aka Eazy E, miembro del grupo NWA y capo de Ruthless Records. Quiere rescindir el contrato que ata a su amigo Andre Young aka Dr. Dre con sello y banda. Le comenta que tiene a su socio, Jerry Heller, encerrado en una furgoneta y que, en cuanto de la orden, le partirán las rodillas. Eazy E responde que le importa bien poco la vida de un blanco judío. Entonces Knight le enseña un papel con una dirección escrita en él. «¿Es aquí donde vive tu madre?», pregunta. Así se obtiene una carta de libertad.

(más…)

De coches y delfines

single360

Siempre he sido un negado para esto de los coches. Básicamente, me dan igual. Por ello, cuando saqué el permiso de conducir me compré mi primer automóvil a toca teja con los cuatro duros que tenía por aquel entonces. No miré mucho, sólo las cosas imprescindibles: que fuese pequeño, que fuese rojo y que tuviese un equipo decente. El resto fruslerías, bien lo sabe dios. El dueño anterior le había cogido cariño, me dijo que lo llamaba Saltapraos. A mí me pareció un buen nombre pero como ahora era mío y un coche no puede quejarse, lo rebauticé como la Jacapaca.

(más…)

¿Qué tramais morenos? (I): Costa Este

hiphop02

Se llama Clive Campbell y el 11 de agosto de 1973 es el cumpleaños de su hermana. Hay fiesta en el Bronx y lo va a hacer: dos platos, dos copias de ese plástico de James Brown con el «Give it up or turn it a loose» y a simultanear «breaks». Es Dj Kool Herc, el chico listo que sabe que si sólo pincha «break beats» -pasajes instrumentales de temas funk o jazz- podrá prolongar a su antojo el clímax rítmico en la pista de baile. El invento funciona. Él mismo se anima, agarra el micro y suelta: «B-Boys, make some nooooooise!». Y los «chicos del break» responden, vaya si lo hacen.

(más…)

Quiero cantarte hasta sangrar: el ritmo del nudillo roto y el diente bailón

BS1

Sólo me he comido dos hostias en mi vida. La más memorable fue una manopla como un martillo. Mi padre, 185 centímetros de altura y ciento y pico kilos de apabullante porte, silenció mi porculerismo infantil a mano abierta, al estilo Bud Spencer. Mi cabeza acabó en el plato y, al levantarla, en vez de lástima provoqué las risas de la familia. Llorando, de rabia que no dolor, fui al baño y en el espejo vi media cara colorada del bofetón y la otra media pringando de fabada, parecía el barón Ashler de Mazinger Z. Ahí decidí que los golpes mejor que me los cuenten. O me los canten.

(más…)